Leo Contra los matemáticos, del amigo Ramon Masià, un libro que nos habla de matemáticos, del dinero y de la matemática que une ambos elementos y nos dibuja un panorama incierto y poco tranquilizador. Me resulta muy ameno el libro de Ramon, aprendo muchas cosas gracias a su erudición y me interesa, después de haber leído hace un tiempo a David Graeber, sus observaciones sobre lo que es, o no es, el dinero y la historia de su evolución.
No conocía la vinculación de Stendhal con las matemáticas. Sí había leído algunas cosas sobre Arquímedes y el legendario Pitágoras, pero desconocía matemáticos importantes de la Edad Media como Leonardo de Pisa, o del siglo XX, como Grothendiek o Perelman entre otros. Además de reseñar su importancia en el mundo de las matemáticas, Ramon cuenta sus biografías que es una manera de abordar, en los más contemporáneos, la desdichada historia del siglo XX en gente como Grothediek, sometido a los vaivenes de los horrores europeos de ese siglo.
También me queda clara la relación, no tan intensa como los no entendidos podemos pensar que hay, entre la matemáticas y ramas de la ciencia como la biología, química o geología. Más relación hay entre matemática y física, pero, en definitiva, resultaría cuestionable aquello de que el universo está escrito en lenguaje matemático.
En la segunda parte del libro, Ramon expone muy bien esa evolución del dinero desde que, en los templos de Mesopotamia, se empiezan a anotar en tablillas anotaciones relativas a deudas, hasta los sofisticados instrumentos financieros de hoy mismo que, en esencia, suponen lo mismo que aquellos lejanos apuntes de hace miles de años: reconocimiento de deuda.
De alguna manera, el dinero no existe, yo mismo hace semanas que no hago un pago en metálico. Dicen que Elon Musk es el hombre más rico del mundo, pero ¿podría ir a retirar sus inmensos depósitos de decenas de miles de millones de dólares? No, no existen. Ni tan solo si fuéramos a la vez los clientes de un banco modesto, como es el Sabadell, a que nos dieran billetes por esas anotaciones que tenemos en forma de cuentas y depósitos nos podrían atender. Parece que, del dinero teóricamente existente, solo un 3% responde al soporte físico de monedas y billetes.
Ramon explica la evolución del dinero físico, ese que tiene un origen relacionado con la recaudación de impuestos y el pago a ejércitos mercenarios (no con el comercio, eso vendría luego), desde las primeras acuñaciones en ciudades de Asia Menor hace unos 2.500 años, hasta las primeras emisiones de billetes bancarios, la adopción del patrón oro hasta que lo liquida Nixon en 1971 y las consecuencias posteriores, con el desmadre de la financiarización de la economía (cuyo efecto más importante fue la crisis de 2008) y la relación que las matemáticas han tenido en todo este largo proceso.
La lectura me provoca motivos de preocupación. Dependemos totalmente del dinero, de esas anotaciones, pero todo esto, tal como lo describe certeramente Ramon, parece un montaje muy frágil que puede venirse abajo en cualquier momento, sometido a las vicisitudes de un mundo cambiante y complejo, en el que ahora mismo estamos ante la incertidumbre que crea la guerra en Irán.
Y, dado el carácter vaporoso del dinero, ya que lo mismo lo crea el banco dando un crédito que la empleada de una panadería emitiendo un vale comprometiéndose a entregarnos un bizcocho hasta un día de la semana que viene; ahora tenemos el tema de las criptomonedas. Es un mundo al que miro con distancia y reserva, mi nula implicación personal en estos instrumentos no compromete la estabilidad financiera del sistema, pero la inquietud me viene cuando Ramon explica que los bancos centrales ya están trabajando en la creación de monedas digitales, CBDC por sus siglas en inglés, con el objeto de mejorar el sistema de pagos. ¿Serán las CBDC un elemento más para controlarnos ya definitivamente como ciudadanos y saber absolutamente todo de nosotros?
Deseo toda la suerte del mundo a Ramon por haber escrito este libro que vale mucho la pena leer.
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