El hombre sin rostro es un libro de la periodista y activista Masha Gessen, que aborda la figura de Vladimir Putin, trazando su biografía política hasta el año 2012, en que fue editado.
Gessen retrata a Putin como un tipo frío, ególatra, ambicioso desde que era ya un niño, pero discreto en mostrar ese ansía de poder. Pasa a formar parte del KGB como agente y es destinado a Alemania Oriental, viviendo como un auténtico batacazo y una frustración personal el desmoronamiento del imperio soviético, que provoca el retorno a su San Petersburgo natal donde crece políticamente a la sombra del alcalde de la ciudad, Anatoli Sobchak. Durante el golpe de agosto de 1991, como buen político sin escrúpulos, juega a dos barajas hasta que el golpe es desactivado, pero él no estaba lejos de aquellos que querían evitar el desmembramiento de la URSS y evitar su desaparición.
Como ya había leído en El mago del Kremlin, la ayuda que le proporciona el millonario oligarca Boris Berezovski es decisiva para que Yeltsin lo unja como sucesor. Luego se enfrentó al propio Berezovski, como también lo haría con otros oligarcas como Mijail Jodorkovski o MIjail Projorov, que albergaban ambiciones políticas y corrieron distinta suerte, mejor o peor, pero dejaron de ser un obstáculo al poder tiránico de Putin.
Pero lo más llamativo del libro es como Gessen explica, con relación a como afianza Putin el poder, las conexiones que pudieron tener los servicios secretos rusos, con conocimiento del propio Putin, en las acciones terroristas poniendo bombas en apartamentos de varias ciudades del país durante 1999 o la toma de rehenes, por parte de guerrilleros chechenos, del teatro Dubrovka de Moscú, acaecido en 2002 y resuelto de manera chapucera con el asalto por parte de fuerzas especiales que provocaron la muerte de gran parte de los rehenes. Hay indicios para pensar que fueron operaciones de falsa bandera, para legitimar la guerra y represión en Chechenia, colocar a Putin como vanguardia contra el terrorismo de raíz islámica entonces en plena eclosión y, en definitiva, dar la imagen de un Putin firme con una respuesta brutal.
Gessen narra también el acoso a la prensa libre, cuestión que conoció en primera persona, y la degradación democrática del país. Tras la desaparición de la URSS, las elecciones democráticas en Rusia nunca fueron un modelo en los años noventa, pero, durante los doce primeros años del siglo XXI, se configura un sistema electoral en que las elecciones son un fraude en toda regla, finalizando el libro con las protestas que tienen lugar tras las elecciones de 4 de diciembre de 2011, en las que Putin es reelegido como presidente.
Putin tiene 74 años y garantizados cuatro años más de presidencia hasta 2030. Si tiene las mismas ganas que su amigo Trump, podría prolongar su actividad política presentándose de nuevo y alargándola, si tiene salud, hasta ser octogenario. A pesar de la guerra de Ucrania, no parece que haya ahora mismo ningún indicio que permita pensar que su poder esté cercano a desaparecer.