Hacía muchos años que no veía Yo confieso, película dirigida por Hitchcook en 1953 y que trata uno de los temas preferidos por el director inglés: el falso culpable.
Aquí el falso culpable es un sacerdote católico, el padre Michael Logan (Montgomery Clift) que recibe, en secreto de confesión, la declaración de un hombre empleado en su parroquia que le confiesa haber asesinado, para robar pues está apurado económicamente, a un abogado. Obligado a no delatar al asesino para no vulnerar el secreto de confesión, la cosa se complica cuando el propio sacerdote es sospechoso del crimen debido a que ese abogado extorsionaba a una mujer llamada Ruth (Anne Baxter) con la que, antes de ordenarse sacerdote, tuvo relación Logan. Interrogados por la policía, a cargo del incisivo inspector Larrue (Karl Malden), Ruth comete la torpeza de acrecentar las sospechas sobre Logan del cual sigue enamorada. El sacerdote es procesado, pero, en contra de la opinión del juez, el Jurado lo declara no culpable y es puesto en libertad. Cuando sale del Palacio de Justicia, es mirado de manera zahiriente por la gente que se ha reunido para seguir el juicio y, poco después, zarandeado por la turbamulta. Eso hace reaccionar a la mujer del verdadero asesino que, en un ataque de decencia, defiende a Logan de la muchedumbre y precipita el final de la película.
No creo que sea de las mejores películas del maestro inglés, aunque haya cosas muy apreciables. Por ejemplo, destaca un soberbio inicio, unos planos por las calles desiertas de Quebec, salvo un hombre gordo que se ve a lo lejos y es el tradicional cameo de Hitchcock, hasta que la cámara se detiene en una casa de la que sale un hombre vestido de sacerdote y vemos el cuerpo del asesinado. También destaca especialmente la salida de Logan del Palacio de Justicia. El Jurado, con solo pruebas circunstanciales, ha determinado su no culpabilidad, pero ya sabemos que las masas, si huelen sangre, se guían de manera ciega, son manipulables y proclives a la violencia. Logan es un falso culpable absuelto por la Justicia, pero no por la sociedad. Otra cosa que me gusta mucho de la película es la interpretación de Montgomery Clift, que está a la altura del gran actor que era, poniéndose en la piel de un hombre que se debe antes a sus obligaciones religiosas que a las que tiene como ciudadano, cosa que obviamente le comporta una zozobra que sobrelleva con entereza y sin asomo de flaqueza en ningún momento del filme. Clift, actor que transmitía una gran sensibilidad, está magnífico en ese registro.
Por contra, la película es un poco irregular narrativamente y el flashback que tiene lugar, con las explicaciones de Baxter a Malden sobre su relación con Logan antes de que este marche a la guerra, no aporta mucho. Esto me hizo pensar en Howard Hawks, que no utilizó flashbacks en sus películas. A la pregunta de qué tienen de malo, replicó “¿qué tienen de bueno?”. Y es verdad que hay películas, tipo Johnny Guitar, que están mejor sin flashbacks y que cada uno interprete cómo fue la relación que tuvieron Crawford y Hayden en el filme de Nicholas Ray. Creo que aquí también podría haber pasado lo mismo y que era mejor imaginar qué hubo entre los personajes, poca cosa según el flashback, que también tiene el hándicap de que no se podía ser muy explícito en 1953, con lo que queda soso y deslucido.
De hecho, Hitchcock tenía ideas que hubieran enriquecido la película, pero que, en aquella época, no eran admisibles para un estudio como la Warner. El director inglés quería que, fruto de la relación anterior a la guerra entre Ruth y Logan, y cuando este no había sido todavía ordenado sacerdote, tuvieran un hijo, casándose luego ella con otro hombre. Respecto al final, el maestro Hitchcook prefería que el sacerdote fuera condenado y ejecutado.
Si Clift está muy bien, no me convence la interpretación de Baxter, reconvertida a rubia y que no me transmite mucho a lo largo de la película, creo que no por demérito suyo sino del director. Tampoco le veo mucho espacio propio al personaje de Malden, un gran actor que aquí lo veo un poco desaprovechado
Sin estar a la altura de sus obras maestras, ver un Hitchcock siempre te proporciona pasar un rato ameno y placentero.