El clavo (1944), de Rafael Gil, es un clásico del cine español y no me defrauda volverla a ver después de muchos años. Es un melodrama pasado de rosca por lo inverosímil de su trama, pero que está narrado con vigor, buenas ideas de puesta en escena y también en sus interpretaciones, destacando la guapísima Amparito Rivelles.
En la España isabelina del siglo XIX, coinciden en un viaje en diligencia el juez Javier Zarco (Rafael Durán) y una misteriosa mujer llamada Blanca (A. Rivelles). Javier inicia un juego de seducción, poco provechoso en principio pero que, más tarde, da sus frutos y los personajes se enamoran. Entonces, se separan durante un mes ya que Javier se va para solucionar unos temas laborales pero, ante la falta de noticias de Blanca, regresa a la posada donde en teoría ella iba a permanecer y descubre que se largó el día después de su marcha. Sintiéndose traicionado, se desmorona anímicamente.
Pasan 5 años y toma destino en una localidad castellana. Paseando por el cementerio, hay unas tumbas revueltas tras unas inundaciones y ve un cadáver con un clavo. Deduce que se trata de una muerte violenta y no una apoplejía como quedó registrada, siendo la víctima un indiano que se había establecido allí tras comerciar con esclavos. Empieza a investigar y manda a un miembro de su juzgado a Madrid.
Él también va a Madrid y se reencuentra por casualidad con Blanca, que no se ausentó en aquella cita, aunque Javier creyó que había desaparecido. Renace entre ellos el amor y el compromiso.
Y, entonces, cuando Javier ha vuelto al pueblo castellano, su ayudante le da noticia desde Madrid que ha encontrado a la asesina del indiano, una tal Gabriela. Cuando se abre el juicio oral contra Gabriela, que entra en la sala de vistas con un velo, al mostrar su rostro el juez ve que se trata de Blanca, comprendiendo Javier que su ausencia fue para ir a matar al indiano, un hombre con el que estaba prometida en contra de su voluntad ya que sus padres eran chantajeados por este, y quedar libre para casarse con él.
Basada en una novela corta de Pedro Antonio de Alarcón, en su adaptación cinematográfica ya se tuvo que cambiar parte de la trama como, por ejemplo, que Blanca/Gabriela no estaba prometida con el indiano si no que era su esposa. Y uno de los aciertos de la película es, a pesar de la censura, mostrar esa historia de amor con mucha sensualidad, utilizando un baile de máscaras de carnaval al principio de la película para hacer tropezar a los personajes y aproximarlos físicamente; o con un elegante travelling sobre las plantas de la posada que ocupan para dar a entender el aproximamiento carnal definitivo.
El buen hacer en esta película de Gil se une al hecho de ser una producción importante de Cifesa, se construyeron varios decorados para la película y la ambientación del siglo XIX, con el correspondiente vestuario, está bien conseguida.
Buen clásico del cine español