A sangre fría (1967) es la mejor película de Richard Brooks y, sin duda, una de las mejores sobre psicología criminal y la aplicación de la pena de muerte.
Dos individuos, Perry y Dick, muy diferentes entre sí y que, por separado, no hubieran cometido ningún crimen, se unen para desvalijar la casa de una familia de clase media de Kansas con la consigna previa de no dejar testigos. El problema es que la fuente por la cual creían que el padre de la familia tenía una caja fuerte con mucho dinero era un compañero de celda de Dick, que fantaseó sobre esa cuestión. Los investigadores se encuentran el problema de cómo resolver un crimen en el que, por 40 dólares y una radio, los asesinos han ejecutado con crueldad y ensañamiento a todos los miembros de la familia. Animado por la recompensa, el excompañero de celda de Dick canta como un canario y permite, al identificarlos , la interceptación posterior de los asesinos, ejecutados en la horca al final de la película.
Brooks narra extraordinariamente la película adoptando un seguimiento de la trama no lineal. Presenta a los personajes, tanto a los asesinos como ese prototipo de familia estándar americana del medio Oeste y, cuando los asesinos se aproximan con su vehículo a la casa, la acción da un salto hacia adelante en el momento en que se descubren los asesinatos, se producen las primeras investigaciones y, en una magistral elipsis, se da cuenta del robo de la radio, apareciendo entonces el aparato por el cual Perry sigue las noticias en un lugar de mala muerte en el que se ha refugiado con Dick. Una vez conocemos los detalles de los crímenes, serán enseñados a los espectadores en un flash back mucho después que supone la confesión de Perry.
Brooks se adentra de forma magnífica en el fondo psicológico de los dos asesinos, dos exreclusos, Perry marcado por una infancia desgraciada, una familia desestructurada, sometido a abusos y criado de manera represiva en colegios religiosos; y Dick como un inadaptado a la vida en sociedad, impulsivo y descerebrado. Se sirve para ello, en gran parte, de un viaje a México, en principio para huir del crimen, aunque luego acaban volviendo a los Estados Unidos.
Rodada en los escenarios naturales en que sucedió el crimen, la película se beneficia de la base literaria que da al guion la también extraordinaria novela de Truman Capote, el magnífico trabajo de Conrad Hall en un grisáceo blanco y negro, así como una gran banda sonora del no menos grande Quincy Jones.
Dice Dick al final de la película que no le parece mal la pena de muerte porque es una venganza y es lo que él ha estado haciendo toda su vida, resentido e inadaptado. Y Brooks muestra de forma agria cómo es esa venganza, las largas apelaciones hechas por rutina hasta llegar al día en que, con extrema frialdad, los reos son ahorcados. Ese es el alegato contra la pena de muerte, únicamente sirve como venganza y no para prevenir un crimen como el que se produce por parte de dos deshechos de la sociedad que, especialmente en el caso de Perry, hubieran merecido más atención en su niñez.
Otro acierto de la película fue el contar con dos actores que no eran estrellas, sino que eran más bien asiduos de la pequeña pantalla y no conocidos para el gran público. Tanto Scott Wilson el el papel de Dick, al igual que Robert Blake interpretando a Perry, componen dos interpretaciones antológicas. Aunque luego no participaran en grandes películas (salvo cuando Blake trabajó con David Lynch) esta película les proporciona un lugar en la historia del cine.
Obra maestra