Eastwood y Siegel se despidieron, en su quinta colaboración, a lo grande con Fuga de Alcatraz (1979). Con un guion de Richard Tuggle, Siegel aplicó su eficacia narrativa para explicar una fuga carcelaria que se coció a fuego lento, escarbando durante meses un orificio de ventilación en las celdas para poder acceder a la parte superior de la prisión y, desde allí, bajar por las tuberías del agua, escalar las vallas para salir del recinto y, luego, descender hasta la costa para adentrarse en las frías aguas de la bahía de San Francisco con un bote y salvavidas construidos de forma precaria con gabardinas robadas en la prisión.
Siegel quería finalizar la película en ese momento, dejando la duda (que persiste todavía) sobre si los reclusos culminaron la fuga o se ahogaron. Eastwood impuso su criterio y, en un final más peliculero, el alcaide toma conciencia de que la fuga ha tenido éxito. Y es que la película se plantea en gran parte como un duelo entre el alcaide y Frank Morris, el personaje de Eastwood. Morris tenía un coeficiente intelectual muy alto y el alcaide le dedica especial atención, pese a lo cual se impone la inteligencia del recluso que lleva a cabo el plan de fuga con tres cómplices, uno de los cuales se quedó en la celda, en la película paralizado por el miedo y, en la vida real, porque parece que no pudo salir a tiempo al no ser bastante grande el agujero que horadó en la celda.
Además de la concesión a la estrella sobre el final, así como otra en la subtrama protagonizada por Lobo, el depredador sexual al que Eastwood apalea un par de veces, la película es de una sobriedad y eficiencia máximas, recreando de forma minuciosa la fuga de una manera tal que recuerda otro gran filme de fugas carcelarias como es La evasión, obra maestra dirigida por Jacques Becker. El inicio del filme, en los primeros minutos, es de los mejores ejemplos del buen hacer de Siegel, te introduce rápidamente en la película con el traslado de Morris a esa penitenciaría y el protagonista se queda en la celda, tras darle la bienvenida un guardián y oyéndose, en ese momento, un gran trueno quedando la cara iluminada de Eastwood por el relámpago.
Eastwood compone un personaje hermético y poco expresivo, que no recuerda ni siguiera su cumpleaños porque su infancia fue corta y no tiene ningún lazo familiar. Como casi siempre en el Eastwood actor, haciendo de la necesidad virtud, aprovecha sus recursos como actor para imponer su fuerte carisma en el personaje de Morris que, por sus características, le va como anillo al dedo.
Siegel, que ya filmó un gran filme carcelario en 1954 con Motín en el pabellón 11, aprovecha para dar unas pinceladas de unos personajes secundarios que tienen mucho interés: el recluso que ha encontrado en la pintura la libertad que no le da la prisión y es represaliado por el alcaide al haber pintado un retrato suyo de forma satírica, un hombre de color que mató a dos blancos en defensa propia y no le fue reconocida por la cuestión racial; o un estrafalario hombrecillo que tiene como compañero un ratón y muere de un ataque al corazón cuando el alcaide menosprecia el accidente con el que ha represaliado al pintor. A través de estos personajes, más algunas actitudes de los guardias y el alcaide, se da la imagen de un sistema penitenciario represivo y nada favorecedor de la reinserción social.
Aunque hizo otra película más para la gran pantalla y otra para la televisión, esta es la última gran película de Don Siegel.