Veo, por primera vez, Cinema Paradiso, aclamado filme de Giuseeppe Tornatore rodado a finales de los ochenta, que ganó, entre otros premios, el Óscar a la mejor película extranjera y el gran premio del Jurado de Cannes. Veo el montaje de la versión internacional, de 124 minutos, mientras la original era de 155 y aún luego hay una versión del director de 173 minutos.
Es la historia de amistad de un niño, Salvatore, que vive en un pueblo del sur de Italia y Alfredo, el proyeccionista del cine del pueblo. La película se inicia con el mensaje que recibe en Roma Salvatore, ya adulto y convertido en un director de cine, para avisarle de que ha muerto Alfredo. A pesar de que dejó su pueblo hace muchos años y no ha vuelto ni para ver a su familia, Salvatore emprende el regreso para asistir al funeral de Alfredo mientras va recordando todo lo vivido con el viejo proyeccionista.
Salvatore se queda huérfano de padre, al no regresar su progenitor de Rusia a dónde fue destinado en el curso de la II Guerra Mundial, y Alfredo actuará como un segundo padre para él, enseñándole el oficio de proyeccionista y el amor por el cine. Se produce un incendio en el viejo cine a consecuencias del cual Alfredo pierde la visión; entonces, tras la reconstrucción del cine, será definitivamente sustituido por Salvatore como proyeccionista, ya adolescente, y que empieza a descubrir el amor en una subtrama del filme. Pero a Salvatore le llegará la oportunidad de ir a trabajar a Roma, ciudad que ofrece mejores posibilidades de progresar que su pueblo, pariendo hacia la capital sin volver a pisar su pueblo hasta que lo hace con ocasión del entierro. De hecho, es Alfredo quien le recomienda que parta, que rompa con su lugar de origen y así tendrá mejores oportunidades en la vida.
A mí me ha parecido una película muy emotiva que se afianza sobre dos pilares. Uno es la banda sonora del gran Ennio Morricone, que es muy buena, seguramente una de las mejores que compuso el maestro. El otro pilar son las interpretaciones de los actores. Por un lado, Jacques Perrrin encarnando a Salvatore cuando ya es adulto, dándole un carácter melancólico y de persona que, aun habiendo logrado el éxito profesional, está insatisfecha en el plano emocional y no ha encontrado cosas que al dejar su pueblo. Por otro lado, Philipe Noiret hace una poderosa interpretación del proyeccionista dejando su impronta en la película.
Aunque se pueda discutir si es una película excesivamente dada a la lágrima fácil, la verdad es que es difícil no emocionarse cuando el personaje de Perrin ha vuelto para el entierro y ve demoler el viejo cine en el que fue proyeccionista. Es el final de una época y el inicio de la decadencia en la exhibición comercial del cine, igual en Italia que aquí o en muchos otros sitios. Dentro de poco, la exhibición comercial quedará circunscrita a pequeñas salas especializadas.
También otras escenas están muy logradas, como la manera en que Alfredo proyecte la luz del cinematógrafo en un edificio para que la gente que no ha podido entrar vea cine. Y buen trabajo de ambientación de esa Italia de posguerra, con mucha miseria, con el párroco censurando las películas antes de la exhibición (y el significado que tienen al final las escenas censuradas, montadas por Alfredo en un último regado a su discípulo proyeccionista), así como el impacto del cine en la gente, boquiabierta viendo a Kirk Douglas interpretando a Ulises y, junto a sus compañeros, engañando al cíclope.
Muy buena película.