Con la película Historias del buen valle (2025), José Luis Guerín retorna a un trabajo parecido al que realizó hace 25 años con En construcción, mostrando un espacio urbano, aquí más grande que el de aquella isla rehabilitada en el Raval, pero preocupándose como entonces de manera especial en mostrar, en un formato de documental, a la gente de ese lugar con sus historias, vivencias y perspectivas de futuro. Ese buen valle es Vallbona, una zona de Barcelona perteneciente al distrito de Nou Barris y encajonada entre el río Besós, la línea ferroviaria y una autopista.
Vallbona es un lugar en que hay gente de diversa procedencia. Los más viejos del lugar explican historias parecidas a como empieza el filme de ficción El 47, gente que provenía del sur de España y construyó ilegalmente viviendas en zonas sin alcantarillado u otros servicios básicos. Pero, muchos años después, la fisonomía del barrio ha cambiado, se han hecho algunas construcciones nuevas, mientras algunas viejas se han derruido. Y ha empezado a llegar gente de diversas partes del mundo, todas de clase social baja, convirtiendo el documental en una torre de Babel en el que se llegan a oír 14 lenguas diferentes. En todo caso, lo que no ha cambiado es la sensación de que, aunque oficialmente es un barrio de Barcelona, Vallbona queda muy lejos de la capital catalana. Y Guerín subraya esto insertando, a lo largo de la película, planos para delimitar ese espacio tan aislado y con tanta vida propia.
Oímos muchas historias de gente de diversa procedencia, asistimos a momentos distendidos como un grupo de gitanos cantando rumba, también intuimos momentos de dificultad como los que explican gente venida del conflicto ruso-ucraniano y cobra especial importancia el Rec Comtal, un espacio que se convierte en zona de baños ilegal, utilizado por todos los niños de la zona cuando hace buen tiempo y punto de encuentro de familias de diversas procedencias que se juntan allí.
Guerín podría adoptar en su documental un tono panfletario, crítico en cuanto a la posición en la ciudad de un barrio desfavorecido. Pero opta, con acierto, por un tono de neutralidad, como cuando hay una asamblea en que se informa a los vecinos que, por obras en la estación del tren, un equipamiento deportivo estará años sin funcionar. Lo más inteligente es lo que hace Guerín, lo esencial es dar voz a los protagonistas y la intervención del cineasta es enmarcar ese espacio urbano mostrando esa gente como un retrato vivo de una comunidad que lucha por preservar la memoria (los más veteranos) y labrarse un futuro.
Esa neutralidad al hacer el documental es lo que permite, finalmente, una mirada conmovedora y emotiva sobre la gente que sale en este bello documental.