Easy rider (1969) es una película más importante en la historia del cine por ser referencia del cine independiente norteamericano y culminación del movimiento contracultural de los 60, que no por sus propios méritos cinematográficos. No es que dichos méritos sean inexistentes y hay cosas de la película que, tras haberla visto en la reposición en el cine Moderno de los años 80 y luego otra vez más por TV, me han gustado, pero en su conjunto no podemos decir que estemos ante una gran película. El bueno de Dennis Hooper realizó posteriormente, en 1980, una película mucho mejor, la ácida, desesperanzada y brutal Out of the blue.
Easy rider me parece un filme irregular. Tiene un buen inicio, con la compra a unos mexicanos de la droga con la que financiar el viaje de California a Luisiana, y un impactante final cuando, tras pasar una noche en un burdel de Nueva Orleans y seguir el viaje con destino Florida, un par de tipos que parecen surgir del actual movimiento MAGA de Trump acribillan en la carretera a Hooper y Fonda. También es destacable la aparición del personaje de Jack Nicholson, cuando los dos moteros van a parar a la cárcel, y la charla que les da Nicholson sobre la libertad y la sociedad estadounidense en lo que es uno de los mejores momentos de la película. Pero también es cierto que la película se encalla, como en la escena de la comuna, larga y bastante intrascendente, así como que le acaba perjudicando recurrir tanto a canciones, aunque la banda sonora sea una de las características más identitarias del filme. La sobreexplotación de la banda sonora perjudica el discurso narrativo del filme, que podía haber sido mejor.
En definitiva, un filme irregular. Pero, sin duda, las imágenes visuales de Hooper y Fonda conduciendo sus Harleys, el segundo de ellos con su casco de Capitán América, por el sudoeste norteamericano, pasando entre otros sitios por Monument Valley, son muy potentes e icónicas en la memoria de la (poca) gente que sigue recordando la película.
Coincidiendo con la visión de la película, voy leyendo el libro Contra la ilustración oscura del filósofo Carlos Fernández Liria. Aparece el inefable Peter Thiel, como uno de los hombres que se propone derruir el Estado de Derecho y sustituirlo por una aristocracia tecnológica rigiendo el mundo con estructuras propias de la Edad Media. Fernández refiere que Thiel piensa que hace cincuenta años hubo un estancamiento por culpa de una batalla cultural que ganaron los hippies. En palabras de Thiel: En julio de 1969 pisamos la Luna. Woodstock empezó tres semanas después. En retrospectiva, fue entonces cuando se detuvo el progreso y ganaron los hippies.
Bueno, yo no diría que ganaron los hippies. Dejaron varias cosas importantes, como un considerable legado musical y la extensión masiva de la píldora anticonceptiva que ayudó a cambiar la sexualidad y promover la liberación de la mujer. Pero, de ahí a que ganarán va mucha diferencia. En global, más bien fueron derrotados por el neoliberalismo como pone de manifiesto Fernández, con una cita en medio de Mark Fischer, en otro momento del libro:
Es cierto que la izquierda no jugó bien sus cartas en esta batalla cultural y, probablemente, sigue sin saber hacerlo. “El fracaso de la izquierda después de los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos”. Esta desconexión también fue fatal para los sueños del movimiento contracultural. La posibilidad de ser hippie se fue convirtiendo cada vez más en un lujo de un estado de bienestar que había empezado a demolerse. Así es como, finalmente, el neoliberalismo pudo ganar ambas partidas.
A la luz de las reflexiones de este libro, cobra valor simbólico el final de la película, esa imposibilidad de los protagonistas de llegar a su destino por una causa violenta derivada de los tiros de una escopeta que podría haber disparado Thiel o, más bien, alguien cercano a él. En cualquier caso, no parece que empezará ningún estancamiento por gente como la que interpretan Hooper y Fonda en el filme.