Leo Tía buena: una investigación filosófica, de Alberto Olmos, un ameno libro para destripar que se esconde detrás del concepto de tía buena, como lo viven las mujeres y también los hombres.
Digamos que primero Olmos hace un trabajo de campo, quedando con amigas, exnovias, conocidas o mujeres (básicamente influence
Y es que, como dice Olmos, si después de la II Guerra Mundial el prototipo de tía buena sería aquella Marilyn Monroe de La tentación vive arriba, que aparecía como un personaje más bien bobalicón y sumiso, ahora igualmente aparecen en diferentes medios tías buenas, pero con otro carácter. Olmos cita a Chanel, la cantante que representó hace unos años a España en Eurovisión, que se sitúa en un polo opuesto al de Marilyn, exhibe igualmente su cuerpo, pero lo hace desde una posición de mujer libre, empoderada y valiente, agresiva en las letras de sus canciones hacia el género masculino, con lo que se llega a un feminismo de chicas guapas. Recuerdo, al margen de los ejemplos de Olmos, a Cristina Pedroche luciendo su cuerpo prácticamente en bolas y lanzando soflamas feministas en las Nocheviejas de Antena 3.
Lo de las tías buenas tiene que ver con la mirada. Como dice Olmos, la imagen sobre los demás no era tan importante hasta llegar al siglo XIX. En este siglo, al principio con la fotografía y, luego, en el tránsito al siglo XX con el cine, empieza a ser importante el concepto de mujer que se prepara para ser mirada, y de hombres que les dirigen su mirada. Inevitablemente, todo ello deriva en un acelerado consumismo que abarca desde la industria de la cosmética a la textil, pasando por otros sectores como los gimnasios y la cirugía estética. Un regalo para el capitalismo, siempre ávido de buscar y abrir mercados en los que multiplicar sus beneficios.
Pero ahora hemos pasado de fotografías y películas a los smartphones en que cualquier persona puede subir a su cuenta centenares de imágenes al año y difundirlas a través de sus redes sociales. Olmos estuvo días viendo miles de imágenes en Instagram, aplicación a la que accedió creando un perfil falso, que pertenecían en su mayoría a personas anónimas. No son ya las presentadoras, actrices y modelos las que marcan una tendencia y han de aparecer guapas, sino que son muchas chicas las que se exhiben con atrevidas imágenes para obtener likes con los que reforzar su autoestima. Por supuesto, el género masculino no está libre de culpa en este mundo en que la imagen está por encima de todo. Como dice Olmos cuando luego analiza Tinder, aplicación en la que también creó un perfil falso, numerosos hombres lo que buscan es hacer cuantos más matchs mejor, sin importar nada más. Acuden en Tinder a un mercado en el que las tías buenas se han convertido en objeto de consumo, y muchas de ellas están contentas y reforzando su puesta a punto para ser miradas.
No se puede generalizar a todas las mujeres en ese grupo que retrata Olmos, pero sí es un número significativo de mujeres las que cuidan su aspecto con algunos efectos perniciosos como los que señala el autor en su entretenido libro.