Malas tierras (1973) fue la opera prima de Terrence Malick y he disfrutado viéndola de nuevo. Es posible que a Malick se le fuera la olla en algunas de sus películas posteriores, pero en Malas tierras hay una concisión en la explicación de la historia, junto a mostrar de forma poética la naturaleza en forma de paisaje agreste por el que transitan los dos protagonistas, que armonizan muy bien en un resultado final que me parece espléndido.
Basada en hechos reales adaptados libremente, el carácter de los personajes marca el devenir trágico de la historia. Kit (Martin Sheen) es un joven de 25 años, que trabaja como basurero, es bastante corto de luces, parece un chico desarraigado y lleva una estética a lo James Dean. Holly (Sissy Spacek) es una chica virginal de quince años, con una madurez propia de su edad y cercana a la de KIt, sometida a un padre bastante estricto, un pintor de carteles publicitarios interpretado por Warren Oates. Viven en un entorno rural bastante deprimente de Dakota del Sur y los dos chicos se enamoran. La primera muestra violenta de la película es la reacción del padre, que se opone a la relación entre los protagonistas, y asesina de un tiro al perro de Holly. Luego será Kit quien, con un arma que ya no dejará en toda la película, abata a balazos al padre, incendie la casa y huya junto a Holly en un viaje sin sentido rumbo a Montana.
Buscados por las fuerzas del orden, Kit y Holly llevan una vida clandestina, en contacto con la naturaleza. Localizados por unos cazarrecompensas, Kit los abate y prosiguen con su viaje, llegando a una mansión de un hombre rico al que, tras atemorizarlo, le roban un Cadillac con el que siguen su marcha. En un momento dado, Holly se planta, decide que no quiere seguir el viaje y Kit es, finalmente, apresado por la policía. La chica, cuya voz en off explica la historia, queda absuelta mientras él es condenado a la silla eléctrica.
Malick nos cuenta una historia muy amarga, con un poso nihilista, en un espacio profundamente estadounidense, en uno de los estados interiores más reaccionarios y que ahora configuran la América de Trump. Aparentemente, no hay motivos para empatizar con Kit y Holly, él es un chico de gatillo fácil, que asesina a varias personas durante la película, algunos de manera gratuita y, en definitiva, es un pirado. Pese a su juventud, tampoco ella tiene muchas más luces y acepta pasivamente incluso el asesinato de su padre. Su historia de amor no parece apasionada, incluso su primera experiencia sexual es decepcionante para ella, cosa que deja a él indiferente. No obstante, los personajes desprenden una cierta ternura y, en este sentido, cabe destacar la escena que más me ha gustado. KIt está conduciendo de noche y, por la radio, oye la voz de Nat King Cole. Para el coche y, iluminados por los faros del vehículo, se ponen a bailar mientras suena la canción Love is strange del genial pianista y vocalista originario de Alabama.
La carrera de Malick fue luego irregular, pero aquí, en su debut, consigue una película magnífica con esta historia de un viaje sin sentido, protagonizado por dos chicos vulgares, en los amplios espacios del interior del continente norteamericano.
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