Leo Historia General de Al Andalus, del historiador Emilio González Ferrín, un libro muy largo que, a veces, abruma con la cantidad de datos que maneja para explicar ochos siglos de la historia de la península ibérica.
Es un libro que renuncia a explicar la Historia como sucesión de batallas, entronizaciones u otros grandes y aparatosos eventos. Es la historia de los cambios que va experimentando la sociedad visigoda, así como movimientos migratorios lentos, pero constantes, que van aconteciendo en la península lo que analiza González al trazar la evolución de la consolidación de la orientalización que se produce desde el siglo VIII. Por ello, destierra la mítica irrupción árabe en la península en el año 711, con la batalla de Guadalete, masacrando al rey Rodrigo y lanzándose a la carrera expandiéndose de sur a norte hasta atravesar los Pirineos y ser detenidos por los francos en Poitiers pocos años después. Las noticias sobre Guadalete y Poitiers son escasas, lejanas, provenientes de fuentes posteriores a las que interesaba, en una u otra medida, fabricar una historia. También fuentes posteriores cristianas están interesadas en dar una versión y el nacional catolicismo recurre a la figura de un legendario Pelayo, del que poco se sabe de acuerdo con las fuentes históricas, pero del que se dice que inicia esa mítica Reconquista.
Siguiendo el libro, vemos que lo que ocurre en el siglo VIII es la evolución de una sociedad marcada por la manera de entender la religión, junto con movimientos migratorios de una zona, el norte de África, nada alejada entonces desde el punto de vista étnico de los pobladores de la península. Si los visigodos se habían establecido como herederos de lo que había sido Roma y, fruto de ello, habían adoptado el catolicismo romano con la doctrina de la Santísima Trinidad, habían arraigado ya en la península desde siglos anteriores movimientos heréticos como el arrianismo, donatismo y priscilianismo que suponían un sustrato que favorece una evolución hacía una posición monoteísta alejada del dogma de la Trinidad allanando, en definitiva, el camino a una nueva España que se configurara como Al Ándalus. Así, primero llegan unitarios todavía no arabófonos, pero luego los vientos soplan de Oriente, van llegando musulmanes, que ya hablan árabe y, más tarde, mahometanos, aquellos que ya han transitado a la religión iniciada con el profeta fundador del Islam.
El reino visigodo colapsa y se monta una nueva organización política que descansa en este sustrato de origen religioso y las incesantes influencias que van llegando desde Oriente. En el plano político, el momento de mayor esplendor de Al Ándalus llegará con el califato de Córdoba en los siglos IX y X, ocupando la mayor parte de la península, menos los reductos cristianos de las cordilleras cantábrica y pirinaica, dejando lo que ahora es la Meseta castellanoleonesa como tierra de frontera, un tanto indefinida durante bastantes años.
Inevitablemente, cualquier régimen tiende a decaer y el califato se desmiembra, pero no muere Al Ándalus que, frente a la presión de los reinos cristianos, se sostiene con la llegada de almorávides y almohades desde el norte de África. Aunque lo más importante es que, cuando ha menguado su poder político, llega el esplendor cultural que suponen las figuras de Averroes, el judío Maimónides, Avempace, Abentofail y Ibn Arabi, todos ellos pertenecientes a los siglos XII y XIII. Y todo esto permite al autor establecer otra de sus ideas nucleares del libro: el Renacimiento en Europa, o mejor decir uno de sus Renacimientos, está asociado a Al Ándalus y a la influencia que estos autores tienen sobre el panorama intelectual europeo en los siglos posteriores, citando por ejemplo y más en concreto el averroísmo que llega de manera directa a varios pensadores, entre ellos Giordano Bruno, figura de la última parte del siglo XVI.
Tras las conquistas de la Andalucía occidental por Fernando III y de la región de Murcia por la Corona de Aragón, Al Ándalus queda reducido a un espacio encajonado entre el mar Mediterráneo y las sierras de las actuales provincias de Almería, Granada y Málaga. Pero este reino de Granada aguantará dos siglos y medio todavía.
Con la capitulación de Granada en enero de 1492 y la posterior expulsión de los judíos por un edicto de los Reyes Católicos ese mismo año, el autor señala la gran pérdida que supone la renuncia a ese Al Ándalus que podría haber formado parte del futuro de España. El hostigamiento a la población musulmana no cesará a lo largo del siglo XVI hasta la expulsión decretada por Felipe III a principios del siglo XVII. Todo ello configura una tragedia en términos culturales, demográficos, económicos y sociales que señala con amargura el autor al final del libro. Y parte del saber andalusí se evapora en España, pero se filtra en Europa a través de la lengua hebrea por parte de los judíos expulsados.
El autor expone, en definitiva, la altura civilizatoria de Al Ándalus como uno de los legados de los que forman parte las fuentes culturales europeas. Como que cuestionar la mítica Reconquista, que no se tiene como tal por los reinos peninsulares hasta que por motivos propagandísticos la asuman los Reyes Católicos, y reclamar el legado intelectual de Al Ándalus en la historia, no ya española, sino europea no es precisamente algo popular en estos crispados tiempos, el libro ha sido discutido. A mi me parece apreciar un rigor indudable en su elaboración y un enfoque verosímil de la evolución de la península durante la Edad Media.
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