miércoles, 22 de julio de 2026

JOSEPH FOUCHÉ

 

Leo la biografía de Joseph Fouché, escrita por Stefan Zweig. Es la historia de un hombre del siglo XVIII y XIX que muestra como la inmoralidad política, que ahora es norma general, ya tenía ilustres representantes hace 250 años.

Fouché, de familia más bien humilde, eclesiástico de provincias nacido en Nantes, que se dedica a dar clases de física y matemáticas, cuelga los hábitos y se lanza a la aventura política en la última década del siglo XVIII. Intrigante y frío, no tiene dotes de liderazgo, pero siempre está bien situado, aunque trate de pasar desapercibido. Y, sobre todo, no tiene nunca ningún escrúpulo en cambiar súbitamente de opinión, como hace cuando se vota en la Convención, de la que él es diputado, la ejecución de Luís XVI que, en principio, no iba a apoyar, pero acaba haciéndolo.

En el momento álgido del terror, es enviado a Lyon, ciudad que se había rebelado contra el poder la Asamblea nacional, desatando una represión tan brutal que se le conoció como “el ametrallador de Lyon”. Junto a Collot d’Herbois, redacta la “Instrucción de Lyon”, que Zweig dice que es el primer manifiesto comunista de la historia, con un marcado carácter socialista, justificando la violencia política ya en la primera frase: “Todo está permitido a los que actúan en nombre de la República”      

Siendo radical, también es enemigo de Robespierre, aunque con habilidad le sobrevive participando entre bastidores en su ejecución, si bien queda desplazado en la época del Directorio. No obstante, tras una travesía del desierto logra arrimarse a Barras, hombre fuerte del Directorio a finales de la década de los 90, obteniendo el importante cargo de jefe de la Policía, lo que le permite acceder a mucha información para utilizarla contra sus rivales políticos.  Tiene información privilegiada conforme Napoleón, a quien se supone que está alejado en Egipto, en realidad está volviendo a Europa para tomar el poder. Fouché traiciona a Barras y juega la carta de Napoleón. 

Con el militar corso, Fouché entabla una relación de mutua desconfianza. En ocasiones Napoleón le necesita y la jefatura de Policía pasa a ser Ministerio, además de que le da un título nobiliario: el ducado de Otranto. Otras veces desconfía de él, como cuando Fouché negocia en secreto con Inglaterra. Y, entre intrigas palaciegas, tiene tiempo de enemistarse, y también aliarse criticando la irrupción en España, con Talleyrand, el otro ministro fuerte del régimen napoleónico.

Napoleón recurre a él incluso en el Imperio de los cien días, pero Fouché ya está preparando el futuro y pasa a ser, por poco tiempo, el hombre fuerte del régimen tras Waterloo. Secretamente, ha estado trabajando para la restauración borbónica y posibilita que Luis XVIII vuelva a París. Todo va bien, se desposa en segundas nupcias con una aristócrata treinta años más joven, pero tantos vaivenes en el pasado le acaban pasando factura.  La facción realista más radical, recordando su participación en el regicidio de 1793, exige su purga, siendo primero enviado a Praga como embajador y, luego, se le destierra de Francia. Pasa unos últimos años con una economía saneada, pero sin tocar poder y residiendo, con el permiso de los austríacos, en Trieste, ciudad en la que muere en 1820.

Una biografía muy amena de un tipo que pasa de ser un revolucionario radical, anticlerical furibundo y de ideología protocomunista, a favorecer una restauración borbónica y él mismo ostentar un título nobiliario y poseer una gran fortuna. Renunciar a los principios que dices profesar no es patrimonio de Trump que cambia cada día de opinión, o de Sánchez que dijo que la amnistía era inconstitucional, sino que se quedan en aprendices ante la biografía de Joseph Fouché.

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