Salvador Illa ha celebrado que “la justícia hagi actuat amb seny i sentit de la humanitat” en relación con la exoneración que la Audiencia Nacional ha concedido a Jordi Pujol, debido al deterioro cognitivo que padece, al estimar que no estaba en condiciones de defenderse, desde el punto de visa procesal, en el procedimiento contra toda su familia por varios delitos.
Ya sabemos que Illa es un hombre de ir a misa, compasivo y piadoso, pero esta preocupación por las vicisitudes procesales de Pujol a mí me parece más el resultado de un corporativismo como miembros ambos de la casta política catalana, que no de una preocupación por la gente vulnerable de este país, que es mucha y la gestión de Illa no ha mejorado en nada. Alguien debería recordar a Illa que estaría bien que su gobierno gestionara de un modo tal, con cordura y sentido de la humanidad, para que miles de ancianos no mueran antes de que les haya otorgado el grado de dependencia.
Al margen del procedimiento penal en el que la Audiencia Nacional lo ha apartado, Pujol es un defraudador fiscal confeso. Lo peor de Pujol no es esto. En realidad, la verdadera lacra que deja el anciano president es su obra de gobierno que ha obstaculizado el avance social, económico y cultural de Catalunya, propiciando además una Generalitat corrupta e ineficiente. Pero, en cualquier caso, solo por ser un defraudador fiscal no creo que Illa debiera celebrar nada y, por respeto a los ciudadanos que pagamos impuestos en Catalunya, debiera haber guardado silencio.
Illa ya recibió a Pujol en el Palau de la Generalitat cuando hizo una ronda con todos los expresidentes, y luego creo que también en otra ocasión en el palacio de Pedralbes. Está claro que a Illa le encanta esto de resucitar la sociovergencia y estabilizar a la gran familia política catalana, que se alborotó con el procés, y él aspira a encauzar rindiendo tributo, si es necesario, al corrupto linaje de los Pujol.
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