El jugador de billar es el título del libro que Gregorio Morán dedicó en 2023 a la figura de Felipe González. Me ha parecido un libro poco trabajado, un poco improvisado, bastante corto comparado con otros de Morán. Nada que ver con la biografía que hizo de Adolfo Suárez, más detallada y centrada en un período más corto.
Aquí, al explicar la trayectoria de alguien que fue jefe de gobierno 14 años, da la impresión de que el libro es un conjunto de apuntes hechos un poco a vuelapluma. No obstante, la afilada prosa de Morán siempre resulta divertida y su lectura rescata algunas ideas de una época que ya me empieza a quedar lejana.
De alguna manera, era inevitable que, frente a Suárez, Fraga y Carrillo, fuera Felipe quien acabará llevándose en 1982 el gato al agua, con la mayoría absoluta de los 202 diputados, ya que él no estaba ligado al pasado. Con esa autopista, pudieron hacer un poco lo que quisieron y poner de ministro de economia a Boyer para que, en la década de los ochenta, no difiera mucho la política de Thatcher en el Reino Unido con la de los socialistas en España. Además, la tendencia de Boyer la siguió Carlos Solchaga cuando el primero fue cesado en 1985 tras perder un pulso con Guerra y quedó enterrado el temor que pudiera tener alguna gente en 1982, como se reflejó en la película de Mariano Ozores, poco antes de octubre de ese año, que llevó por titulo ¡Qué vienen los socialistas!. Nada tenían que temer las clases acaudaladas y acomodadas. Las clases populares sufrieron una galopante inflación, una reconversión industrial en la que mucha gente fue perjudicada y los fondos europeos paliaron esa situación a base de subsidios.
Diseñada esa política econòmica no escorada a la izquierda, pero que propicia el desarrollo del país aprovechando el ingreso en la CEE en 1986, las convulsiones más grandes que tiene González en su gobierno son las torpes maniobras al crear los GAL y la corrupción. Lo de los GAL demuestra una bisoñez en gente que aún no estaba acostumbrada a manejar las cloacas del Estado y, por lo que se refiere a la corrupción, fue una losa que supuso la entrada, hasta el año 1996, de 12 altos cargos de su gobierno en prisión, algunos de ellos como Luis Roldán dando mucho juego mediático. Es verdad que el hedor de podrido de la legislatura de Sánchez es inaguantable ahora mismo, pero en los noventa, con esas mochilas que llevaba González, el clima fue bastante insoportable.
Morán retrata a González como alguien que quiso tener y tuvo el poder absoluto. Aprovechando el símil con el billar que instaló en la Moncloa, repartió juego, propició carambolas y envió bolas a la tronera a su conveniencia. Una vez retirado con su autorreferencia del jarrón chino, su período en el Gobierno se ve lejano y, como apunta Morán, con cierta complacencia. El libro sacude un poco el polvo a esos 14 años en los que se hicieron cosas muy mal hechas y González fue el responsable. Y, entre ellas, Morán va dando datos de la cantidad de gente del partido que, cuando hacen los Congresos del PSOE, tienen cargo público y fueron aumentando de manera exponencial desde 1982. Una práctica que no ha cesado y que afecta a todos los partidos cuando tocan algo de gobierno.
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