L’últim àtom, obra de teatro de Jordi Oriol que ahora están dando en el Goya, es un buen espectáculo, ameno y divertido, con ganas también de provocar la reflexión acerca del mundo que nos rodea.
Un profesor de física, experto en mecánica cuántica, aborda con su mujer el décimo aniversario de la desaparición de su hija, que se largó misteriosamente, y también un ictus que sufre su suegra. Como el Juan Luis Galiardo de Familia, que se hacía rodear de una familia entera contratando a actores, el profesor contrata a una actriz para que haga el papel de esa hija que se marchó.
Si la mecánica cuántica trata sobre la inestabilidad del mundo que nos rodea y, entre otras cosas, que el tiempo no es constante; ¿cómo cuadra esto con el hecho de que el Código Civil regule la inscripción de la muerte de alguien del que no se tienen noticias desde hace diez años? O, si la realidad depende del observador, ¿Por qué no aceptar plenamente que el profesor se relaciona con su hija, aunque en realidad sea una actriz? Hay otro eje en la obra relativo al uso del lenguaje, que trata de acotar la realidad, pero eso tampoco es posible y depende, en última instancia, de quién y cómo lo use.
Todas estas cuestiones, tan profundas que nos conducen a la cuestión de que los físicos impugnaron hace un siglo la realidad tal como la percibimos, aparecen en el escenario con un humor a veces incluso hilarante, con una escenografía muy bien trabajada y dinámica, y una muy buena labor de los actores: Joan Carreras, Mia Esteve, Carme Milán y Carles Pedragosa. También figura en el reparto Lara Segur, a la que le faltan dos letras para ser una actriz identificable, pero que tuvo que ser sustituida de manera urgente por el regidor, que hace muy bien su labor, aunque su nombre no aparezca en el programa de mano de la obra.
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