Los espías es el penúltimo filme mudo de Fritz Lang y lo han proyectado esta semana en la Filmoteca, con acompañamiento musical de una joven pianista que también realiza otros efectos sonoros. El año que viene se cumplirá el centenario de este filme del gran director vienés.
Con un guion que coescribió con su entonces esposa Thea von Harbou, el metraje de lo que se ha conservado de la película dura 150 minutos y, como su título indica, es una película de espías con una complicada trama. Hay un villano principal, interpretado por Rudolf Klein Rogge, que es como una réplica del Dr. Mabuse a nivel de maldad y que responde al nombre de Haghi, un banquero que también se dedica a hacer de payaso en un music-hall y quiere dominar el mundo a través de su red de espionaje interceptando, entre otras cosas, tratados de potencias extranjeras. El agente 326 (Willy Fritsch) debe desarticular la organización de Haghi y este utiliza a Sonja (Gerda Maurus), una chica a la que chantajea pues corre sobre ella el peligro de ser obligada a volver a la URSS, para camelarlo y confundirlo, aunque entre los dos jóvenes nacerá una historia de amor. Además de la trama principal, hay otras subtramas en una película demasiada densa en mi opinión.
Me ha parecido una película irregular, más de apreciar escenas que atrapan toda tu atención, con otras partes no tan logradas como la historia de amor entre el agente 326 y Sonja. Como película, me parece en su globalidad mejor El testamento del Dr. Mabuse, película también de trama retorcida, rodada un poco después y, por supuesto, todavía más excelsa es M, el vampiro de Dusseldorf.
Pero lo bueno de Los espías es tan magnífico que hay que celebrar su exhibición dentro del ciclo dedicado a Lang. Y se nota que dejó huella en el género y muchas películas posteriores han sacado ideas y la han tomado como modelo. Su minuciosa puesta en escena, el uso de la fotografía, los efectos especiales muy avanzados para la época ... hay muchos elementos positivos, aunque narrativamente no le daría un excelente.
La película gana en intensidad en la parte final, que es auténticamente espléndida, con una persecución que termina con un accidente ferroviario en el que los personajes se siguen persiguiendo por los vagones del convoy siniestrado, momentos en los que Lang imprime una fuerza visual fascinante.
Y, cuando la acción vuelve a la ciudad y la historia de amor se ha consolidado, queda liquidar al malo y veo una de las mejores escenas que rodó Lang. Haghi está en un teatro haciendo de payaso en el escenario y ve, en los accesos al mismo y en el foso de la orquesta, un amplio número de hombres dispuestos a atraparlo. Dentro de lo que parece su actuación, saca una pistola y dispara fuera del alcance del público, pero Lang nos muestra un cristal roto, con lo que sabemos que la pistola es real. Entonces, se coloca la pistola en la sien, dice que caiga el telón, dispara y cae, mientras el público aplaude entusiasmado lo que cree que es el final de la actuación. Pura maldad, como Marvin tirándole la cafetera hirviendo a Grahame. Puro Lang.
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