Dos hombres contra el Oeste (1970) es la única incursión en el género de Blake Edwards, que se encargó de la producción, guion y dirección de la película; por tanto, parece un filme muy personal.
Ross y Frank son dos vaqueros separados por más de veinte años, el primero dice tener 46 y el segundo supera en poco los veinte. Ambos viven una existencia cutre, sin grandes alicientes hasta que, después de presenciar un accidente laboral que provoca la muerte de un compañero, Frank tiene la idea de atracar un banco y, con el botín, largarse a México a darse la gran vida. Perseguidos por la justicia y por hombres de Buckman, su antiguo jefe que no quiere tener a antiguos trabajadores suyos como bandidos, su huida se convertirá en un viaje a ninguna parte.
Es inevitable no pensar en Grupo Salvaje al ver la película. El protagonista es William Holden y luce el mismo bigote que en la película de Peckinpah rodada uno o dos años antes. Además, también aquí hace Edwards el uso de cámara lenta en alguna escena de violencia, pero este es un filme mucho más modesto en sus resultados.
Los protagonistas son unos cowboys proletarios, como lo era Chartlon Heston en El más valiente entre mil o los vaqueros de Coraje, sudor y pólvora, gente que lleva a cabo un oficio bastante duro con pocas oportunidades para mejorar. Ross está al final del camino y Frank al principio del suyo, pero la sensación de estar realizando un trabajo penoso y sin futuro hace que aúnen sus fuerzas en el atraco. No obstante, es el retrato de dos perdedores que tampoco tiene muchas luces para culminar su fuga. Frank es tiroteado en una timba de póker y agoniza en los días siguientes a pesar de los cuidados que intenta dispensarle Ross, y este muere más tarde al ser alcanzado, en medio de Monument Valley, por los hombres de Buckman.
La película es un pelín larga, no acabo de ver bien el encaje del personaje de Buckmann (Karl Malden) en una subtrama con unos ganaderos rivales que tienen ovejas y Ryan O’Neal, en el papel del joven vaquero, era un actor muy justito.
Pero el balance es positivo, Holden está espléndido como lo estuvo en Grupo Salvaje y el filme es una mirada triste y pesimista sobre unos personajes que, lejos de la exaltación de los protagonistas de westerns de veinte o treinta años antes, están vitalmente consumidos antes de tiempo.

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