Se ha estrenado la semana pasada La bola negra, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, siendo recibida con entusiasmo, superando en la preventa a La odisea y acaparando muy buenas críticas. La expectación ha sido tan grande que me llama la atención que, al acabar la sesión en una sala pequeña del Cinesa Parc Vallés, haya varios aplausos, cosa inusual.
Fue premiada en Cannes a la mejor dirección y, justo lo que más reparos me ha dado el filme de los Javis ha sido precisamente la dirección de la película ya que, en varias ocasiones a lo largo de la cinta, me da la impresión de ser efectista y perder la naturalidad a la hora de narrar una historia.
En cambio, me parece muy logrado el guion, de los mismos Javis y Alberto Conejero, hilando tres historias, una de ficción que tiene lugar en los años 30, una real que acaece en 2017 y una última, mezclando elementos históricos junto a otros ficticios, que se desarrolla en 1937. A través de las tres historias, se da cuenta de una obra inacabada de García Lorca, La bola negra, de la cual solo escribió cuatro páginas, pero, con lo que comentó el poeta granadino sobre la misma, se acaba haciendo la especulación sobre que dicha obra fuera acabada y la tuviera en su poder su última pareja, Rafael Rodríguez Rapun, que murió en el frente de Cantabria en 1937. En definitiva, se trata de una ucronía sobre una obra que prácticamente no se empezó, pero se explica una historia como si en realidad hubiera existido y, en ese frente cántabro, un soldado del ejército nacional la hubiera recibido de Rodríguez Rapun que, tras varias décadas, revela su existencia a su nieto en una disposición testamentaria.
Hay buenas interpretaciones, no está mal la aparición de Penelope Cruz como tonadillera en la línea de La niña de tus ojos, ni la de Glenn Close como hispanista experta en Lorca y, pese a durar casi dos horas y media, la película tiene buen ritmo narrativo. Pero esa dirección con tantos subrayados, como si los directores se gustarán a sí mismos, y la necesidad que tienen de introducir lo queer de manera redundante, y tal vez innecesaria, como guiño a un determinado tipo de público me distancian de la película.