Perversidad (1945) es una muy buena película de Fritz Lang en la primera hora de duración y, en su última media hora, simplemente magistral, a la altura de loe mejores momentos de su dilatada filmografía.
Lang presenta de forma extraordinaria a los tres personajes principales: Chris (Edward G. Robinson), el gris oficinista sometido a su conyugue que, en sus ratos de ocio, explota su vena artística a través de la pintura; Kitty (Joan Bennet), la pelandusca que seduce a Chris para manipularlo y sacarle dinero mientras está absolutamente entregada a su macarra; y Johnny (Dan Durieya), como chulo de Kitty, un tipo sin escrúpulos y ningún atisbo de haber tenido una actitud noble en ningún momento de su vida.
Lang lleva muy bien la trama de este cruce entre melodrama y serie negra hasta que Kitty deja de fingir y se ríe en la cara de Chris, abriéndole los ojos a que ha sido manipulado por parte de ella y despreciándolo con crueldad. La reacción de Chris es intempestiva, agarrando un picahielo y clavándolo con saña en el cuerpo de Kitty, en una de las escenas más violentas que filmó Lang. A partir de ahí, la huida de Chris mientras ve que Johnny acude al apartamento en el que encontrará el cuerpo de Kitty, y el juicio que seguimos a través de varios testimonios cortos de los testigos y acusado, dan pie a otra escena de las mejores que he visto en Lang. Chris, aparentemente, ha salvado su posición y el crimen se lo ha endosado a Johnny, pero, en un apartamento de un hotel, sombrío y con la iluminación intermitente del anuncio de neón del establecimiento, heredera del expresionismo alemán del propio Lang, empieza a oír las voces de Kitty y Johnny. Los trabajadores del hotel frustran su ahorcamiento y, en el epílogo, vemos a Chris como un indigente, vagando por las calles y considerado como un enfermo mental, mientras pasa por delante de una galería y ve que una clienta ha adquirido uno de los cuadros que él pintó y que ahora está valorado en una fortuna. Como frecuentemente pasa en Lang, el hombre ante su (desafortunado) destino.
Robinson está espléndido en ese personaje de un hombre normal, tranquilo y bondadoso, arrastrado al infierno por culpa de una mujer fatal. Es difícil pensar en alguien mejor que Robinson para el filme, pero, en cambio, es imaginable a otra actriz que diera mejores prestaciones que Joan Bennet, aunque era la mujer del productor y se trataba, por tanto, de una elección obvia. Y Duryea destaca en un papel que parece hecho a su medida, un especialista en componer personajes canallescos y amorales.
Se trata de uno de los filmes más perversos de Lang, mostrando dos personajes de una absoluta degradación moral, aunque, paradójicamente, uno de ellos paga por un crimen que, en realidad, no cometió. Y quién lo cometió es un hombre arrastrado a la perdición y que, al margen de la verdad jurídica que establece la sentencia que liquida a Johnny, también paga ese crimen con su lamentable existencia deambulando por la gran ciudad sin techo ni rumbo fijo.
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