Leo El diablo está entre nosotros, un libro del periodista Lorenzo Ramírez, de ideología liberal y que se dedica al periodismo de investigación. Es un libro bastante largo, el autor toca muchos temas sobre la situación del mundo hoy en día, analizando también el pasado más cercano, resultando sus conclusiones desasosegantes.
Además de explicar la pugna que será central en los próximos años entre China y Estados Unidos, dos potencias que, con métodos diferentes, quieren controlar los recursos y sectores estratégicos en el futuro, resulta desoladora, aunque creo que certera, las ideas que tiene Ramírez de Europa. Siguiendo la teoría de que los Estados Unidos siempre han intentado que no se produjera una alianza entre Europa occidental y Rusia, la caída del muro de Berlín es un punto importante porque, si bien el pacto de Varsovia se disuelve, la OTAN acelera su expansión, en contra de lo que se dijo a líderes rusos como Gorbachov y Yeltsin. La presión sobre Rusia se acentúa en un país complejo como Ucrania, produciéndose injerencias de los americanos durante varios años que propician una reacción defensiva, aunque aquí ha sido calificada al revés, de Putin invadiendo el país en 2022. No se trata de disculpar a Putin, un sátrapa ruin y miserable, pero hay qué ver cuáles con las líneas maestras de política exterior americanas desde, por lo menos, el final de la II Guerra Mundial para entender la poca consideración que han tenido con los países europeos. Ramírez se entretiene en un hecho que parece incontrovertible: el gasoducto Nord Stream del mar Báltico lo volaron los americanos, siendo los alemanes los principales perjudicados. Y, a pesar de eso, los alemanes, por orden de los americanos, han seguido sosteniendo la guerra en Ucrania pese al problemón que fue para la industria alemana no poder acceder al gas que les suministraban los rusos antes del conflicto ucraniano.
Ramírez se detiene en el proyecto de construcción europea, aportando detalles que desconocía de los dos padres fundadores de lo que ahora es la Unión Europea: Robert Schumann y Jean Monnet. Pues bien, en ambos casos se trata de gente que siempre tuvieron en cuenta la influencia que les llegaba de los Estados Unidos y construyen un poder político europeo que, en gran parte, es el que interesa al país del tío Sam. Actúan como peones de los deseos de la administración americana.
Otro frente que abre Ramírez es sobre la desinformación que, según él, hay en referencia al cambio climático y la influencia de las emisiones de CO2 en este hecho. Lo que está claro es que el clima en la Tierra, bien sea porque la órbita experimenta algunas pequeñas variaciones o bien porque la luz del sol no siempre llega con la misma intensidad, ha cambiado y cambiará miles y miles de veces. El punto a descifrar sería ver si, en las últimas décadas, se ha acelerado el cambio por la acción del hombre. Ramírez señala que no se puede probar, según la bibliografía que acompaña, que la intervención del hombre sea decisiva. Como mínimo, siembra dudas en una cuestión mayoritariamente inclinada en un sentido y, tal vez por eso, cabría indagar más en la cuestión.
Ramírez se muestra contrario a las tesis que defienden la necesidad de afrontar un decrecimiento ordenado, para salvaguardar un nivel de vida aceptable, al entender que el planeta, con unos recursos finitos, no puede basarse en un sistema que precisa de un crecimiento constante para ser viable. Aquí es la parte del libro en que Ramírez me convence menos. Se tardarán 10 años, o 500, o 5.000, pero los recursos del planeta, aunque vengan innovaciones tecnológicas que lo palien, son finitos.
Ramírez aborda también el problema de la deuda y como los problemas empiezan, por poner un origen, en desligar el dólar del oro a principios de los 70 por Nixon y como eso dio lugar a una financiarización de la economía que se completó con la desregulación del sector en la época de Reagan. Desde la pandemia, la masa monetaria mundial se ha doblado, un dato inquietante y. que debiera llevarnos a reflexionar. Esto es como estar sentado sobre un barril de pólvora esperando que estalle, como lo hizo en 2008. Hay una simbiosis entre el poder político y el financiero que es quien gobierna el mundo y, según Ramírez, impide que exista realmente un sistema capitalista totalmente libre. Aunque partiendo de posturas muy diversas, hay un punto de encuentro entre Ramírez y David Graber en calificar al capitalismo como un sistema imperfecto por esas interferencias políticofinancieras, así que cobra sentido lo que explicaba el autor norteamericano en su libro Trabajos de mierda.
Más amenazas apunta Ramírez en un libro poco optimista. Aborda en la última parte la problemática de los tecnoligarcas:,Zuckenberg, Musk, Thiel y compañía, gente que se ha metido dentro de la Casa Blanca, con la connivencia de un Donald Trump que ni siquiera disimula en que ha llegado a la presidencia para hacer negocios y enriquecerse él, su familia y gente próxima. Un retrato de una gente a la que le viene bien una cita de Hannah Arendt: “Mentir constantemente no tiene como objetivo que la gente crea una mentira, sino garantizar que nadie crea ya en nada ... un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira”. Para mentir, ese poder financiero, político y tecnológico no tiene nada más que controlar la prensa y diseñar, mediante ingeniería social, programas para controlar a la sociedad.
El futuro se presenta sombrío. Pero es lo que hay. No creo que haya que coger al 100% todo lo que expone Ramírez, pero sí creo que puede acertar en muchas e importantes cosas de las que dice, y es para acojonarse.
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