lunes, 2 de noviembre de 2026

NAZA

 

Premiada por el Gran Jurado del Festival de Venecia, ha llegado a nuestras pantallas Naza, documental dirigido por Yuval Abraham y Rachel Szor.  Rodado en azoteas de la ciudad de Tel-Aviv, se trata de unas entrevistas con miembros del ejército israelí que participaron en ataques en la franja de Gaza y explican cómo lo hicieron y cómo lo vivieron. 

El documental se basa en la palabra, oímos sus testimonios viendo el skyline de una ciudad moderna y dinámica como es Tel-Aviv. Hay un contraste entre la aparente civilización de una moderna gran urbe y las cosas horribles que explican, que suceden tan solo a unos 60 kilómetros de la ciudad israelí. Sus relatos se ven a veces salpicados con algunas grabaciones de declaraciones de ese gran cínico llamado Netanyahu.

Esos miembros del ejército israelí describen, con gran frialdad y sin mostrar ninguna emoción ni arrepentimiento, como escogen los objetivos de edificios en localidades de la franja y como interceptan comunicaciones para saber cuándo es el momento de disparar un misil o dron para que se dirija allá y explote matando al mayor número posible de gente. El objetivo es la destrucción y el título de la película, Naza, hace referencia al término que el ejército utiliza para designar esos efectos colaterales de la destrucción, un número de seres humanos que han muerto y que se estima, por ahora, en la cifra de 70.000.  Algunos de los testimonios llegan a admitir que han participado en un genocidio, pero lo hacen desde una indiferencia glacial y de absoluta insensibilidad. Recibir órdenes, que se justifican en la agresión del 7 de octubre que perpetró Hamas, es todo lo que necesitan estos hombres para llevar a cabo su siniestra tarea. 

Ver a estos tipos me ha recordado a aquel concepto que acuñó Hannah Arendt, a propósito del seguimiento del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén: la banalidad del mal. Si Eichmann era un burócrata de la muerte, deshumanizado en su labor de procurar la intendencia para poner en marcha la maquinaria de exterminio que acababa en los campos de concentración; aquí estos hombres, con medios tecnológicos mucho más sofisticados, padecen esa misma desgracia igual que la sufría el funcionario alemán: la imposibilidad de distinguir entre el bien y el mal. 

El documental es impresionante en el sentido de que, con la palabra como herramienta, pero con los minuciosos detalles que explican de cómo llevan a cabo su tarea de destrucción desde sus centros de operaciones y con la ayuda de la IA, nos hemos de imaginar el horror. Solo al final vemos imágenes reales de una ciudad prácticamente destruida, y padres buscando a sus hijos entre los escombros. 

Naza, producida por Jonathan Glazer, director de La zona de interés, comparte con aquella película mostrar la indiferencia y deshumanización frente a un genocidio.

Gran documental

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