Corren malos tiempos para los
samuráis que han quedado en el bando de los perdedores tras unas guerras
civiles entre shogunes en el Japón del siglo XVII. Se ven condenados a la
indigencia e incluso a acudir a clanes para simular que se harán el harakiri y
despertar la compasión para que los disuadan y les den una limosna. Un joven
samurái llamado Motome, con un hijo de corta edad gravemente enfermo, acude al
clan Iyi con esa idea. Ni siquiera lleva sus
espadas que ha tenido que vender para atender las necesidades de su familia y
lo que porta son espadas de bambú. El clan Iyi, para disuadir a otros samuráis
que vayan con la misma intención y dar ejemplo, fuerza a Motome a practicarse
el harakiri a pesar de las súplicas de joven samurái, que no quiere morir
dejando desamparada a su familia. Es obligado a abrirse el vientre y luego es
decapitado, siguiendo los ritos marcados por el bushido. Hay tres hombres que
han tenido un papel destacado en la manera de tratar al joven samurái, de
manera humillante y cruel, cosa que luego les acarreará consecuencias.
Pero todo esto se refiere en
sucesivos flashes backs. La película, rodada en 1962, empieza con un samurái más entrado en años
llamado Hanshiro, también del bando de los perdedores, que entra en el mismo
recinto con el mismo objetivo que Motome. El regente del can Iyi, Kageyu, le
explica el antecedente con el joven samurái en unos primeros flashes backs,
pero él explica que sí está dispuesto a hacerse el harakiri si bien solicita
que antes sea escuchado. Narrará entonces en otros flashes backs la historia de
Motome, que conoce de primera mano porque era su yerno y una especie de hijo
adoptivo. Narrará las penurias de Motome al tener a un hijo gravemente enfermo,
cosa que propició la venta de las espadas y acudir al clan Iyi para simular
querer hacerse el harakiri a cambio de ganar una limosna. Pero, además, añadirá
como, después de perder a su hija y su nieta, ha buscado a los tres hombres del
clan Iyi que le trajeron el cuerpo de su yerno y les ha cortado la coleta, la
máxima humillación que puede sufrir un samurái. Tras conocer la humillación que
ha sufrido gente de su Clan, viendo como Hanshiro le arroja las tres coletas,
Kageyu ya no está interesado en que el samurái se haga el harakiri, sino que da
orden de asesinarlo a sangre fría negándole el ritual. Se produce una desigual
lucha entre Hanshiro y tres o cuatro decenas de enemigos, por diversas
dependencias del edificio, hasta que caiga exhausto y herido, acelerando el
final de su vida haciéndose el harakiri
Kageyu dará orden de borrar
toda la historia del samurái, que no quedé rastro ni de la humillación de haber
cortado la coleta a tres hombres de su clan, así como de los muertos y heridos
que causó con su lucha desesperada. En un libro en el que se registran los
sucesos del dominio, figurará que un samurái vino a pedir hacerse el harakiri,
se lo hizo y nada más.
Tal como pasaba en su
monumental trilogía La condición humana, Masaki Kobayashi incide en
temas con el antimilitarismo y nos da una lección sobre humanismo. Si allí
encontrábamos una crítica al imperialismo del Japón en la época de la II Guerra
Mundial, muy atrevida pues solo habían pasado unos quince años desde el final
del conflicto, aquí nos traslada al siglo XVII para mostrarnos la impiedad de
los miembros del clan Yli que provoca la tragedia del joven samurái, obligado a
practicarse el ritual siendo más asesinado que otra cosa. Luego está el
estúpido orgullo del regente del clan, dispuesto a ocultar tanto el
comportamiento de sus hombres como que luego fueran humillados por Hanshiro. La
intransigencia ante el sufrimiento de Kageyu y la manera soberbia de proteger el
honor de su clan choca con la observación plena de humanismo que dice Hanshiro
hacia el final de la película cuando ya lo ha explicado todo: Incluso el más
valiente de los samuráis no deja de ser en el fondo un ser humano. Una
reivindicación del ser humano, y como cubrir sus necesidades más primarias, por
encima de la política, conflictos y servidumbres. Kobayashi muestra respeto por
la figura del samurái y su liturgia, filma con solemnidad la manera de proceder
de Hanshiro, pero su mirada, como en La condición humana, es que el individuo
está por encima de los férreos códigos del poder político y sus brazos armados.
Kobayashi filma de manera
sobria, en una espectacular fotografía en blanco y negro, un guion perfecto al
que ni le sobre ni falta nada. La película se inicia de manera espléndida, pero
es que va creciendo en intensidad hasta el final cuando, abandonando el
escenario teatral en el que han tenido lugar los diálogos hasta entonces, se
pasa a una lucha por todo el palacio a modo de coreografía donde emerge la
obstinada resistencia del héroe contra todo un ejército, dignificando el
recuerdo de sus seres queridos. Y Kobayashi ha hecho que su lucha sea la
nuestra, desearíamos su supervivencia frente a una maquinaria estatal, ciega y
estúpida, que le supera en un número abrumador.
Si en las películas de Ford,
cuando los hechos se convertían en leyenda, ésta se imprimía; en Harakiri
tenemos el planteamiento contrario, unos hechos gloriosos y heroicos como son
los protagonizados por Hanshiro quedan ocultos en la historia oficial del
sogunato. Pero tenemos a este humanista para rescatarlos y darnos otra lección
de cine.
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