Polyester (1981), dirigida por John Waters, es una cinta gamberra del director de Baltimore, aunque parece que aquí intento suavizar un poco su habitual y salvaje procacidad, buscando que pudiera pasar a circuitos de exhibición más convencionales, es decir, comerciales.
La película empieza con la explicación a la que gente que hubiera ido al cine y les hubieran entregado una tarjeta al comparar la entrada. Se trataba de un truco para estimular el sentido del olfato. La tarjeta tenía unos números y, cuando en la película iban apareciendo sobreimpresionados, la gente tenía que pulsarlos para, al parecer en la mayoría de los números, notar un olor pestilente acorde con lo que pasaba en la gran pantalla.
La trama tiene como protagonista a Francine (Divine) una ama de casa que ve que su vida se desmorona. Su marido, propietario de un cine X, la deja para liarse con su secretaria. Su hijo, fetichista de los pies y drogadicto, es encarcelado después de agredir a varias mujeres a base de pisotones. Su hija es ninfómana y se queda embarazada, quiere abortar, aunque una turba de antiabortistas se lo impide y acaba recluida en un convento de monjas católicas. Por último, su madre es cocainómana y se ríe constantemente de su obesidad.
Ante este panorama, Francine cae en la depresión y el alcoholismo. Pero entonces conoce a un tipo hortera y bien parecido llamado Todd Tomorrow (Tab Hunter), propietario de un cine de arte y ensayo, del cual se enamora. Pero esta historia de amor no acabará bien, Todd está liado con la propia madre de Francine y maniobrarán para hacerse con el acuerdo de divorcio de Francine y deshacerse de sus hijos condenándolos a la prostitución. A estas aviesas intenciones, se juntan las del exmarido y su amante, confluyendo todos en un final en el que, tras una orgía de sangre, el final es feliz pues Francine se queda con sus dos hijos que se han rehabilitado.
La película se muestra, 45 años después de su realización, fresca y divertida. Tiene gracia ver como Waters dinamita el american way of life de una familia de clase media de esa manera y se ridiculiza la actuación de determinados colectivos contra la pornografía (el filme empieza con una protesta ante la casa de Francine de un grupo en contra de la actividad cinematográfica de su todavía marido), el aborto, el divorcio, el alcoholismo o el adulterio. Tal como está ahora mismo la América de Trump, algunas de las cosas que salen, como las posiciones a favor y en contra del aborto, siguen de actualidad.
Es innegable que Divine tenía una vis cómica, que aquí explota, con sus 120 kilos, actuando como si fuera heroína de un filme de Douglas Sirk, influencia que reconoció el propio Waters. Al reparto se añade un viejo conocido como Tab Hunter, un actor pésimo que, en este desmadre de película, no desentona.
Una comedia negra muy divertida para pasar un buen rato.
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